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El sol de la tarde bañaba las torres de cristal de la ciuda...

El sol de la tarde bañaba las torres de cristal de la ciudad cuando el gigante árabe apareció.

Un solo paso y el asfalto se agrietó bajo su pie desnudo como si fuera galleta. Medía más de cien metros de puro músculo bronceado, con el torso esculpido y reluciente de sudor, cada abdominal marcado como una placa de acero. Los tatuajes tribales y maoríes que cubrían sus brazos y piernas parecían vivos bajo la luz dorada, serpenteando sobre venas hinchadas y piel tensa.

Se plantó en medio de la avenida principal, con las piernas separadas, un pie a cada lado de los seis carriles. Los coches quedaron diminutos entre sus tobillos. Algunos conductores se bajaron de los vehículos, otros simplemente se quedaron congelados mirando hacia arriba, con la boca abierta. Los peatones en las aceras parecían hormigas asustadas.

Él bajó la vista con una expresión serena pero arrogante, los labios ligeramente curvados. Sus ojos oscuros barrieron la ciudad como si estuviera decidiendo qué parte destruir primero. El cinturón negro con hebilla plateada le apretaba la cintura estrecha, y los calzoncillos ajustados apenas contenían los bultos imposibles de sus muslos y paquete. Cada respiración hacía que su pecho se hinchara como una montaña.

Un taxi intentó dar marcha atrás entre sus dedos del pie y él simplemente movió el pie izquierdo un par de centímetros. El coche salió volando como un juguete, estrellándose contra un escaparate lejano. Gritos. Alarmas. Sirenas que empezaban a sonar en la distancia.

Él no se inmutó. Solo flexionó ligeramente los dedos, sintiendo el hormigón romperse bajo su peso, y dejó que su sombra gigantesca cubriera varios bloques de edificios al mismo tiempo.

La ciudad ya no le pertenecía a los humanos.

Ahora era suya.

Creado por: danimen

2h

El sol de la tarde bañaba las torres de cristal de la ciudad cuando el gigante árabe apareció.

Un solo paso y el asfalto se agrietó bajo su pie desnudo como si fuera galleta. Medía más de cien metros de puro músculo bronceado, con el torso esculpido y reluciente de sudor, cada abdominal marcado como una placa de acero. Los tatuajes tribales y maoríes que cubrían sus brazos y piernas parecían vivos bajo la luz dorada, serpenteando sobre venas hinchadas y piel tensa.

Se plantó en medio de la avenida principal, con las piernas separadas, un pie a cada lado de los seis carriles. Los coches quedaron diminutos entre sus tobillos. Algunos conductores se bajaron de los vehículos, otros simplemente se quedaron congelados mirando hacia arriba, con la boca abierta. Los peatones en las aceras parecían hormigas asustadas.

Él bajó la vista con una expresión serena pero arrogante, los labios ligeramente curvados. Sus ojos oscuros barrieron la ciudad como si estuviera decidiendo qué parte destruir primero. El cinturón negro con hebilla plateada le apretaba la cintura estrecha, y los calzoncillos ajustados apenas contenían los bultos imposibles de sus muslos y paquete. Cada respiración hacía que su pecho se hinchara como una montaña.

Un taxi intentó dar marcha atrás entre sus dedos del pie y él simplemente movió el pie izquierdo un par de centímetros. El coche salió volando como un juguete, estrellándose contra un escaparate lejano. Gritos. Alarmas. Sirenas que empezaban a sonar en la distancia.

Él no se inmutó. Solo flexionó ligeramente los dedos, sintiendo el hormigón romperse bajo su peso, y dejó que su sombra gigantesca cubriera varios bloques de edificios al mismo tiempo.

La ciudad ya no le pertenecía a los humanos.

Ahora era suya.

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